Pedro Losa, hace su primera exposición individual en 1975 (a la edad de diecisiete años). A partir de entonces, comienza un ciclo de formación lleno de etapas abundantes y muy intensas. Una búsqueda que aún hoy perdura, y perdurará, pues una de las máximas de Pedro es que:

“El pensamiento, no debe tomar asiento” “El pensamiento ha de estar siempre de paso…”

Fiel a su carácter inquiero, existe siempre en su trabajo una constante preocupación por la investigación, tanto en el terreno plástico como en el conceptual.

“No existe el desorden — sino distintos órdenes”

Esto sí es primordial en su obra, estructuras, planificación… (sus órdenes). Series que tratan monográficamente temas con las técnicas precisas y adecuadas, en permanente comunicación con la materia. La obra, de tendencia expresionista, convive paralelamente con una abstracción matérica, que ha ido con el tiempo haciéndose predominante.

“De puertas del estudio, para adentro, todo es comentable — como máximo” “De puertas del estudio, para afuera, todo es posible — como mínimo”

A partir de 1995, tras un paréntesis y un período de reflexión, su obra experimenta una simplificación, tanto en la línea conceptual como en la matérica y de formas.

”…El creador siempre trabaja, graba en su retina cuando mira, distribuye espacios y tonos cuando ve y limpia sus útiles cuando sueña…”

El orden, (su orden…) toma un sentido menos premeditado y más inmediato. Su obsesión por la planificación se suaviza claramente a medida que empieza a estudiar y practicar -Zen-. El camino se interioriza -Paisajes Bárdicos- y el entorno, en una composición más íntima y precisa, ralentiza su marcha.

La contradicción, como elemento clave de la existencia y sustento base del caos, se simboliza, en la contraposición (y a la vez complemento) -Ying/Yang- de formas (líneas y puntos), planos de color llenos y vacíos, tonalidades brillantes y mates… Todo se apoya en frágil armonía y diálogo directo con el autor. Los mensajes subliminales dan paso a las intuiciones y sugerencias íntimas.

Momentos de lucidez, que surgen y se apagan, con la naturalidad intrínseca de la vida misma. Lo esencial emerge, firme y delicadamente, haciéndose sitio en esa atmósfera compuesta de sensaciones y hálitos. De dispersiones consentidas y aceptadas. Todo y nada importa. Cada cosa es lo que es y lo que quiere ser.

Los momentos se capturan, con el cazamariposas de la sutileza, y se observan, con la generosidad infinita de la complicidad.

Los monjes del Tíbet llaman -Bardos- a esos espacios de tiempo en los que una situación acaba de suceder y empieza otra. Ese tránsito, donde nada perdura. Donde el ayer, no existe ya, y el mañana aún no importa. Y donde la ilusión es la luz cálida, y primordial, que nos acompaña y nos guía.

No pienses Si la idea de vivir Puede más que tu ilusión.

No vivas Si la idea de morir Puede más que tu esperanza.

Pedro Losa presentaba en 1975, en el catálogo de su primera exposición, con este pequeño poema, su declaración de intenciones. Sin saber, que años más tarde, recorriendo el camino por el que siempre se retorna, como si de un muelle gigante se tratara, volvería al mismo sitio, en un nivel diferente, y vería, mirando para abajo (que a veces es arriba), cómo el círculo elíptico se deforma y se junta allá, en el horizonte. Donde la perspectiva y los años le van a permitir contemplarlo cada vez más cerca y cada vez más adentro.

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