Aunque sus últimas obras merecen ya una singularizada reflexión. Unos trabajos transidos de un despertado afán de reducción y simplificación de sus motivos, aunque quizás menos de sus todavía predominantes técnicas. Son los que me he atrevido a bautizar, por su semejanza con la sencillez de San Francisco de Asís, los san franciscos de Pedro Losa.

Por más que el fondo de sus lienzos quemados y tratados de formas varias, su hábito de fondo, no sea el tupido marrón opaco de la característica tela franciscana, sino un firme y luminoso blanco. Una sencillez, con alguna mariposa de colores que se clava no obstante como en un trabajo entomólogo en sus lienzos, que me rememora los versos de otro santo de las nimias, pero inequívocas verdades. Ni más ni menos, que San Juan de la Cruz:

“Este saber no sabiendo es de tan alto poder, que los sabios arguyendo jamás le pueden vencer; que no llega a su saber, a no entender entendiendo, toda ciencia trascendiendo.”

Los motivos de estos últimos lienzos se encuentran, en esta línea reduccionista, en un claro proceso de retroceso al inicio simplificador. El detallismo de sus juveniles lienzos es ya imposible de ser rastreado, e incluso hasta evocado. No queda nada de entonces.

Como en los simplificados trabajos de Rousseau, de Arp, de Calder, de Klee o de Miró, no hay en sus san franciscos espacio ni para la pretensión, ni para lo grandioso. Los san franciscos de Losa son así un camino silente de introspección, de mirada hacía dentro, de ascetismo, de autorrestricción, de trascendencia y de espiritualidad, que nos retrotrae a las preocupaciones intimistas de la pintura de un Malévich, de un Klein y de un Rothko.

La meta parece esperar, siguiendo el devenir de un imparable élan vital, en los campos no trillados de la sobriedad, del saber renunciar a casi todo, para que sólo permanezca lo sagrado, lo intangible, porque, como señalaría de nuevo Chillida, “casi todo se arregla quitando”. Ludwig Mies van der Rohe, el aventajado director de la mítica Bauhaus, lo tenía asimismo muy claro. “Menos es más”.

De aquí, que los san franciscos de Losa lleven insitos los rasgos del lirismo y del silencio. De un lirismo callado que se encuentra también en los ligeros móviles de Ángel Ferrant, en las esculturas de Leandre Cristófel o en los escuálidos paseantes de Alberto Giacometti.

“La progresión de la obra de un pintor conforme viaja en el tiempo de punto en punto, se da hacia la claridad, hacia la eliminación de todos los obstáculos que pueda haber entre el pintor y la idea, y entre la idea y el observador.” — Rothko

Y voy poniendo término a estas reflexiones. De Pedro Losa se pueden evocar, por tanto, las palabras de magisterio de Paul Cézanne: “Trabajo con tesón, entreveo la tierra prometida.” Yo, mientras tanto, me detengo y participo de las líneas y los colores de Pedro Losa, de nuestro artista, especialmente de sus delicados azules.

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