Hace bastantes años — no recuerdo cuantos — que conozco como pintor a Pedro Losa, pintor, por otra parte, poco dado a exhibiciones públicas, lo que unido a lo alejadas que se encuentran nuestras residencias, hace que ese conocimiento se quede en cierta superficialidad, no exenta, sin embargo, de un marcado respeto por su obra, en la que hemos visto acusados deseos de recrear en ella los líricos y melancólicos acentos de nuestros pintorescos paisajes, y nuestras entrañadas costumbres. Pedro Losa, en nuestro recuerdo, se enlaza con Sócrates Quintana, Inocencio Urbina, Hyto Posada, para formar el brillante “cuatrivium” de la moderna pintura figurativa mierense. Una pintura concebida desde los puntos de vista esencialmente poéticos.

La reciente contemplación de una serie de cuadros de Pedro Losa subraya la esperanza que su obra anterior había suscitado en nuestro recuerdo, ofreciéndonos la constancia, en lograda plenitud, de un modo de hacer repleto de originalidad, debido a sus personales hallazgos expresivos. Sobre ellos tejeremos nuestras deshilvanadas consideraciones.

La localización de todos esos cuadros, por sus símbolos alusivos, se sitúa en Asturias. Una Asturias de genuina geografía húmeda que disuelve y funde los colores en una singular ambientación de emulsionados y matizados grises, inconfundibles en su cuño atestativo. Dichos cuadros nos ofrecen escenas de cotidianas faenas rurales, muchas de ellas ya casi olvidadas; y anotaciones, entre lúdicas y mágicas, de una singular mitología sólidamente adherida a legendarios rumores campesinos en muchos casos, y, en otros, derivadas de específicas descomposiciones repletas de ecos clásicos más o menos adoptadas a la fantasía campesina, e, incluso, a temas infantiles.

Ello hace que el conjunto de esos cuadros conlleven, en su plástica representación, un abreviado resumen de entrañadas vivencias asturianas, cuyo testimonio pictórico Pedro Losa salva con auténtico empaque creacional.

Resulta también curioso el empleo de ciertas texturas, figurativamente relacionadas con el asunto, como el remedo pictórico de hierba seca que recubre al “Segador”, o las calidades marcadamente carbonosas que encontramos en “Mineros”.

Sin duda la descripción de la obra de Pedro Losa que acabamos de hacer, peque de superficial y apresurada. Sus cuadros, justos y resumidos de diseño aparecen repletos de signos, y de símbolos, cuya captación requiere pausada meditación. De todos modos su uso, y en ocasiones su abuso, de un característico entramado intelectual, nos abren las puertas de un misterio repleto de ecos infantiles y campesinos, que en algunas ocasiones aletearon en nuestro pensamiento. Sus cuadros, por lo tanto, son acicates abiertos con la estremecida llave del arte, al entrañado rumor de nuestras íntimas vivencias.

← Volver a Textos